Una carta sin nombre

Querido Sin Rostro:

Me había propuesto no volver a escribirte. Sinceramente no sé por qué este acto casi mecánico se ha convertido en mi en una forma de escapar del agobio, una costumbre casi ritual mediante la cual puedo expresar abiertamente lo que pienso y lo que siento, todas aquellas inquietudes, sueños e incluso pesadillas.

Bien me he dado cuenta que las cosas no funcionan como uno las planea, empezando por el hecho de que en este momento me encuentro redactándole a un lector que ni siquiera sé si se percate o le preste atención a estos párrafos, bien pueden ser fácilmente eliminados sin que cumplan la función principal por la que fueron redactados. El destino final es lo menos, lo que verdaderamente importa es el por qué me encuentro componiendo.

El motivo, o un sin-motivo será, solamente la mera necesidad de manifestar existencia, o quizá solamente de recordar una presencia. Casualidad o azar; destino, no lo creo, tengo mis dudas. Un sin-motivo sin-sentido, en otras palabras, nada en concreto que expresar, aunque muy probablemente detrás de todo este mensaje laberíntico se halle profundamente un deseo mayor a una mera necesidad de escribir.

Sigo sin saber por qué hago esto, de la misma manera en la todavía no comprendo por qué sigo pensando en ti. Eres el constante espíritu sin nombre que me persigue todas las noches, como una sombra latente tras mis pasos sonámbulos por las calles de la ciudad, un instante estas y al siguiente desapareces, cual triste dicha del desafortunado borracho; eres una cruda eterna con sabor amargo tras una noche de alcohólicos deleites. Sigues presente en mi mente, dudosa de tu existencia, que por algún extraño motivo te mantiene vivo en mis pensamientos, los cuales han borrado completamente las facciones de tu rostro y el sonido de tu voz con el paso del tiempo. Efectivamente, te has convertido en un fantasma.

Ya no es remembranza. Te escribo curiosa de mí por seguir pensando en ti. No te escribo para decirte que te extraño, puesto ya no te siento cerca, todo lo contrario, te has convertido en un ser lejano y distante perdido en un mar. No te escribo para decirte que te quiero, puesto que ya no te considero mío, te has convertido en carne para cazadores hambrientos de trofeos. Lo hago solamente para decirte que día tras día, noche tras noche, ahí estas, parado en el umbral de mi pórtico haciéndome compañía mientras me acabo la vida en un cigarro y una copa de vino; para decirte que te vislumbro como un ente borroso de perfil atractivo; que tu voz se ha convertido en un eco profundo que rebota en las esquinas de mi casa; que tu aroma se ha transformado en la humedad de la lluvia; que tu presencia sigue muy viva y a la vez ausente. Para expresarte que tengo una herida profunda, de muerte, que me cala, me impide, me atormenta, me duele y lleva tu nombre. Te escribo, al parecer, sin un motivo aparente.

En la necedad que subyace detrás de mis acciones, mis repulsiones, mis obsesiones, mis complejos, en todo lo que me rodea, todo lo que veo, todo lo que escucho, absolutamente todo es un fiel recuerdo tuyo. Que tedioso y complicado es obligarme a hacer algo que se aspiro más no debo, y tú, eres un no deber, una prohibición, algo que deseo tener de vuelta mas ya no es mío.

Con esto termino, no tengo nada más que decir, me he gastado los labios y los dedos hablándole a un sordo, escribiéndole a un ciego que ha logrado completar una acción que yo no he podido: el olvido.

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