Breve historia del INBA

Bueno, una vez más realice un texto para una publicación que al final de cuentas fue eliminado, así que lo publico por acá, espero sea de agrado.


La función del arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos

cuando estamos en peligro de derrumbe
– Sigmund Freud

El arte, expresión total de un carácter meramente humano, manifestación de un proceso intelectual, estético, creativo y manual, y, al mismo tiempo, reflejo de una sociedad que no escapa del devenir de procesos históricos y políticos de la comunidad en la que se encuentra inmerso. El arte es, por consecuencia, reflejo del cambio.

Toda creación artística, así como las actividades humanas, no cesan ni conocen el descanso. Bajo esta premisa podemos ubicar la labor del Instituto Nacional de Bellas Artes, que, a través del tiempo, ha conformado un tejido cultural que atañe tanto actividades, como la difusión e investigación de todos los procesos histórico-artístico-culturales de nuestro país, así como una red de museos con una amplia gama de manifestaciones dentro de sus colecciones.

Debido a que el tiempo no se detienen y la producción artística se encuentra en constante desarrollo, experimentación y elaboración, es necesario que todos los acervos de una institución cultural, como es el caso del INBA, se nutran conforme las actividades plásticas lo demanden, con miras a actualizar sus contenidos y enriquecer sus fondos con el único objetivo de nutrir una colección de arte perteneciente a la nación, y por ende a los mexicanos, misma que se convertirá en fiel testigo de las transformaciones ideológicas y estéticas.

El Instituto Nacional de Bellas Artes, a lo largo de su historia, es un ejemplo loable. Su trayectoria se ha visto forjada por un patrimonio que da cuenta de la riqueza cultural de su país, asimismo es un punto de encuentro, donde las colecciones públicas de arte se han concentrado mediante un formato federal, para así dar pie y origen a uno de los acervos artísticos más valiosos.

Previo a su instauración, el INBA, se encontraba a cargo de la Secretaría de Educación Pública -creada, formulada y planteada por José Vasconcelos en 1921 con parámetros metodológicos que harían crecer al pueblo mexicano-, bajo el departamento de Bellas Artes, misma que posteriormente se transformaría en la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética, desde aquel entonces se tenía la premisa de adquirir obras, en su mayoría pintura y escultura, de las nuevas propuestas artísticas que se incorporaban al país en la época, tales como las escuelas de pintura al aire libre y los centros populares de pintura. De esta manera se formó la primer colección del estado, la cual incluyó obras de pintura, dibujo y escultura de artistas que iban iniciando su trayectoria, como lo fueron: José Clemente Orozco, Manuel Rodríguez Lozano, Rufino Tamayo, María Izquierdo y Abraham Ángel, entre otros.

Con el tiempo, la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética se vio en la necesidad de aumentar sus capacidades, puesto que su vocación se había expandido, ya no únicamente a la adquisición de obras, sino a fortalecer el carácter y la identidad nacionalista, al tiempo de proteger e impulsar el naciente arte mexicano. Fue así como durante la gestión de Miguel Alemán y mediante un decreto presidencial, el 31 de diciembre de 1946, bajo el cargo de Carlos Chávez como director general, ve la luz por primera vez, durante el inicio del periodo de posguerra, el Instituto Nacional de Bellas Artes.

La fecha de la fundación del instituto sirve como referente para explicar el por qué la mayor parte de su colección son obras modernas, tomando como punto de partida las propuestas de vanguardia que comenzaron a migrar de Europa a nuestro país. Asimismo, es relevante mencionar que sus acervos no sólo se limitan a la producción del periodo que abarca su consolidación, sino que también abarcan importantes obras de arte europeo, colonial y del siglo XIX mexicano.

Ana Garduño, hace fiel referencia al contexto que rodeo su fundación al exponer:

Fundado en diciembre de 1946 como un organismo clave para el diseño e instrumentación de políticas culturales de un régimen que decidió intervenir activamente en la fabricación de un imaginario artístico, el instituto en sus comienzos lideró los discursos visuales sobre el arte local, y en cierta medida, global, direccionados en cuatro ejes: el fortalecimiento de una burocracia cultural oficializada, unificar el patrimonio plástico, operar una galería artística de la nación (entre 1947 y 1964, el centralizado recinto de exhibición oficial tuvo como sede el republicano Palacio de Bellas Artes) y desplegar una estratégica campaña propagandística, mediante exposiciones temporales, algunas de ellas itinerantes, para públicos nacionales e internacionales.

De la misma forma cabe resaltar que el INBA se trata de institución relativamente joven, no por ello dejándola apartada del sector cultural universal, pero si tomamos como punto de reflexión a los museos e instituciones culturales europeas, podemos notar que la mayoría de ellos han venido conformando sus acervos desde finales del siglo XVII, lo que significa que sus colecciones datan de 300 años, y en algunos casos, inclusive más, lo cual nos lleva a analizar el gran trabajo que ha realizado el INBA al conformar un patrimonio nacional de su magnitud en un lapso relativamente corto de tiempo.

Como depositario de una suma de arte, el INBA ha conformado un acervo heterogéneo en sí -en gran medida, producto de su perfil pluralista-, al tiempo de buscar incorporar piezas que sean un reflejo de los procesos artísticos e históricos que han enriquecido, marcado y trascendido en nuestra historia, hasta el punto en que el acervo, poco a poco, ha adquirido importancia como un conjunto que trasciende fronteras, al tiempo de explicar el origen de cada uno de sus museos. Su vocación democrática lo ha impulsado a la apertura de la contemplación pública, defendiendo siempre los derechos del pueblo por el disfrute y conocimiento de su patrimonio.

Originalmente la colección se conformó con obras provenientes de la Academia de San Carlos -dando origen a una serie de magníficas piezas de los grandes exponentes de Europa, así como de los maestros de la Academia misma y de los artistas más importantes de nuestro país durante el siglo XIX y los que habrían de enrolarse en el primer cuarto del siglo XX-, a este conjunto se le sumaron cuadros importantes del modernismo de principios del siglo XX y un lote de pinturas y esculturas españolas modernas. En un comienzo, estos conjuntos enriquecieron y ampliaron las arcas del Estado mexicano, que poco a poco fueron sumando la participación e involucración de agentes externos. Esta primer recopilación constituyó la base de las colecciones del INBA, un ejemplo claro se puede ver manifestado en el hecho de que 2/3 partes de la colección del MUNAL provienen de las obras adquiridas a la Academia de San Carlos, reencauzando la dirección y el sentido por el cual en un comienzo fueron almacenadas, se les otorgo un trasfondo en el cual su significado evolucionó, para convertirlas en piezas que resguardan la historia del momento en el que fueron creadas, al momento de ser, también, vestigios de nuestro proceso cultural como una nación independiente y en crecimiento. Como dato cultural, cabe mencionar que no todos los fondos de la antigua Academia fueron designados al INBA en una primer instancia, estos se dispersaron para formar parte del acervo de la Universidad Nacional, una vez que obtuvo su autonomía, asimismo, en un principio, las obras más relevantes se quedaron bajo el resguardo de la SEP, que con el transcurso del tiempo y con el crecimiento potencializado del Instituto, repartió las obras entre sus museos.

Tiempo después, se agregarían otros acervos que, en 1934, se reunieron para crear y consolidar la galería del Palacio de Bellas Artes. Con el paso de los años, se fueron añadiendo piezas adquiridas con el apoyo de la sociedad entera: artistas, autoridades, coleccionistas particulares y filántropos, mismo que asumieron como parte de sus responsabilidades sociales el enriquecimiento de este acervo de carácter público. De la misma forma en la que en sus orígenes las reservas de la antigua Academia devinieron en las del Instituto, hay que resaltar que las colecciones actuales se deben a un esfuerzo en conjunto, las cuales han procedido del coleccionismo y las adquisiciones que han realizado las demás instituciones oficiales y que, en una labor altruista, han cedido al INBA, convirtiendo así al Estado mexicano en el gran mecenas de las artes.

La misión del Estado frente al crecimiento del patrimonio cultural es innegable, las colecciones de los museos públicos se han conformado con una responsabilidad histórica, aunque dentro de un marco de límites económicas, y considerando que la cantidad de adquisiciones deja mucho que decir a comparación de las necesidades de los museos -sobre todo si se realiza una cotejo entre la cantidad de producción artística que se realiza en el momento y las adquisiciones-, no quiere decir que el esfuerzo realizado sea inferior, sino que es fiel muestra del esfuerzo que las instituciones culturales han realizado por incrementar sus fondos, mirando a cumplir con el principal objetivo el cual es exponer el patrimonio de una Nación.

Con base en lo anteriormente mencionado, podemos ver que la misión que se ha impuesto el INBA al resguardar y difundir sus acervos se ha enfocado en servir a generaciones enteras de mexicanos para que se acerquen a las diversas manifestaciones del arte, de igual forma, cada una de sus piezas ha representado un rescate patrimonial, el cual ha conllevado una vocación direccionada a la conservación del patrimonio nacional y a generar un compromiso social con el Estado, mismo al cual se la han sumado nuevas formas expositivas y de investigación para mejorar su entendimiento y apreciación a las Ana Garduño ha definido haciendo referencia a ellas como parte de responsabilidades del Instituto:

El carácter endogmático de los acervos artísticos del instituto explica su innegable vocación localista, lo que se manifiesta en su disposición a registrar la producción interna y su menor interés en inspeccionar la creatividad internacional, con lo que el registro de lo latinoamericano equivale sólo a un atisbo. Si bien la configuración actual de los acervos del INBA impide representar con la amplitud necesaria todas las corrientes estéticas, las vanguardias, algunos procesos plásticos y a los artistas catalogados como emblemáticos, dentro de un abanico temporal que va del siglo XVI a nuestros días, lo que parece más importante ahora, de acuerdo a las corrientes museológicas en boga, es su capacidad de realizar seguimientos a las diversas fórmulas en que históricamente se ha acometido un tópico, a la multiplicidad de abordajes artísticos de ciertos temas político-sociales, por medio de experimentaciones formales que representaron una innovación en la técnica artística o en la reformulación de discursos visuales.

De esta manera el INBA se ha impuesto la custodia del arte mexicano, que a lo largo de los años sus directores y responsables consideraron lo más representativo de nuestras manifestaciones plásticas, de igual forma, también es una de característica su carácter diverso, incluyente y a la vez universal. Del mismo modo, es loable señalar que el Estado mexicano también ha realizado grandes incorporaciones a los fondos del INBA, ejemplo fiel es el hecho que durante los años 20, el Gobierno adquirió una colección considerable que a su vez formaba parte de las arcas de la Secretaría de Relaciones Exteriores, asimismo, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, se ha dado a la labor de enriquecer las colecciones el Estado mexicano con importantes donaciones.

Hay que resaltar que, además de que los acervos públicos se han visto incrementados por las adquisiciones realizadas por el Estado, también es laudable la participación de coleccionistas privados, e incluso artistas, que han donado sus colecciones particulares para que conformen los bienes nacionales, como es el caso del Dr. Alvar Carrillo Gil y el Ing. Marte R. Gómez, hecho prístino ya que en México, a diferencia de otros países donde los coleccionistas particulares son los que donan sus obras para enriquecer los museos, en nuestro país más bien lo han sido los artistas, como en el caso excepcional de Rufino Tamayo.

Por último, sería necesario mencionar que hoy en día las nuevas teorías museológicas han llegado a cuestionar el rol de los museos, proponiendo ampliaciones es sus objetivos fundacionales y con ello una trasgresión a sus ejes temáticos, cronológicos y espaciales, buscando, de una manera justificada, poner un acento en incrementar el potencial narrativo de los acervos con la finalidad de documentar e historiar en todos los procesos estéticos que nos han marcado, para así lograr crear vínculos y referencias entre las obras que los conforman al tiempo de contextualizar los movimientos, sus causas, efectos y consecuencias reflejadas en las propuestas artísticas.

En resumen, la labor del Instituto Nacional de Bellas Artes, así como sus colecciones, se mantiene abierta con una propuesta que le otorgue identidad a la Nación, así como visibilidad y un poder discursivo al arte en sí, que, a grandes rasgos, es el resultado de un complejo devenir histórico en el cual resaltan los roles que han jugado los principales protagonistas de nuestra historia y que a su vez se han reunido bajo el mismo nombre con la misión de custodiar, conservar, investigar y difundir nuestro patrimonio artístico, riqueza y grandeza del pueblo mexicano.

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